ANALISISINVESTIGACIONES

La democracia después del scroll

9 agosto, 2026 Por Uri Felipez Mancilla

Publicado en el Péndulo Político del periodico Correo del Sur

Aproximadamente 1.600 palabras. El tiempo de lectura estimado es de 8 minutos.

Ideas Principales:

  • La sobreinformación no garantiza ciudadanos mejor informados: también puede facilitar la manipulación.
  • La política pasó de la cultura del libro a la cultura del scroll, donde la atención vale más que la profundidad.
  • Defender la democracia exige formar ciudadanos capaces de pensar críticamente frente a los algoritmos.

Resumen:

La democracia enfrenta una transformación profunda en la era digital. La globalización, la polarización y la desconfianza institucional han debilitado la relación entre ciudadanos y Estado, pero el cambio más importante ocurre en la manera en que las personas reciben, procesan y utilizan la información política. Las redes sociales han convertido la atención en un recurso escaso y los algoritmos pueden influir en las emociones, las percepciones y las decisiones electorales. En este escenario, fortalecer la democracia ya no implica únicamente garantizar elecciones libres, sino recuperar la capacidad ciudadana de verificar, deliberar y pensar más allá de aquello que aparece en la pantalla.

Nunca en la historia los ciudadanos tuvieron tanto acceso a la información como hoy, nunca fue tan fácil conocer las propuestas de un candidato, comparar programas de gobierno o contrastar datos, sin embargo, tampoco había sido tan difícil distinguir entre información, propaganda y manipulación. La paradoja de nuestro tiempo es que vivimos en la era de la sobreinformación y, al mismo tiempo, en una profunda crisis de la democracia.

Winston Churchill describía la democracia como “un sistema menos malo, pero el mejor de todos los probados”, la democracia ya no se debilita únicamente por golpes de Estado o fraudes electorales. Se erosiona lentamente cuando cambia la manera en que los ciudadanos perciben la realidad y toman decisiones políticas.

Bolivia no es ajena a este fenómeno global, la democracia atraviesa una crisis de identidad permanente alimentada por tres procesos que transforman la relación entre los ciudadanos y el Estado.

El primero es la globalización, muchas de las decisiones que afectan la vida cotidiana ya no dependen exclusivamente de los gobiernos nacionales. Los mercados financieros, las cadenas internacionales de producción y las grandes empresas tecnológicas condicionan la política económica de los Estados, en Bolivia, la escasez de dólares, la presión sobre el tipo de cambio o el comportamiento de los precios internacionales muestran las limitaciones de nuestra economía por factores externos.

El segundo elemento es la polarización, la política ha dejado de entender al adversario como un competidor legítimo para convertirlo en un enemigo que hay que destruirlo. Los cincuenta y tres días de bloqueos, el enfrentamiento entre regiones y la creciente incapacidad para construir acuerdos reflejan esa lógica. Cuando desaparecen los espacios de diálogo, la democracia pierde una de sus principales fortalezas: la posibilidad de administrar pacíficamente las diferencias.

El tercer factor es la desconfianza institucional, en Bolivia, amplios sectores de la ciudadanía perciben que los partidos políticos, la Asamblea Legislativa, la justicia e incluso algunos organismos públicos ya no representan sus intereses ni resuelven sus problemas, los casos recurrentes de corrupción, la baja calidad de los servicios públicos y la sensación de impunidad alimentan esa ruptura entre gobernantes y gobernados.

Pero estos tres factores explican solo una parte del problema, existe un cambio mucho más profundo: ha cambiado el propio ciudadano.

Para comprenderlo conviene regresar a Norberto Bobbio, el filósofo italiano definía la democracia como un conjunto de reglas que permiten decidir colectivamente bajo procedimientos, la mayor virtud es permitirnos deshacernos de los gobiernos sin derramamiento de sangre, mediante elecciones libres, competitivas y periódicas. Sin embargo, el propio Bobbio advertía que la democracia arrastraba varias promesas incumplidas.

Prometió igualdad política, pero el poder económico continúa condicionando las decisiones públicas. Prometió transparencia, pero los poderes invisibles siguen influyendo desde fuera de las instituciones. Prometió deliberación racional, aunque la opinión pública suele ser moldeada por intereses privados. Prometió que el Estado representaría el interés general, mientras grupos corporativos continúan capturando buena parte de las decisiones políticas.

Tres décadas después de aquellas reflexiones, el problema ha cambiado de dimensión, ya no basta preguntarse cómo funciona la democracia; también debemos preguntarnos cómo funciona el cerebro del elector.

“En la política del scroll, quien controla la atención no necesariamente controla la verdad, pero sí puede influir en aquello que la sociedad termina creyendo.”

Jaime Durán Barba sostiene que la política dejó atrás la cultura del libro para ingresar en la cultura del scroll. Durante siglos, la democracia se apoyó en ciudadanos acostumbrados a leer, argumentar y dedicar tiempo a la reflexión. Hoy esa lógica compite con una economía digital diseñada para capturar atención mediante estímulos breves, constantes y emocionalmente intensos.

Las redes sociales no solo modificaron la comunicación política; modificaron nuestra manera de pensar, el desplazamiento permanente sobre la pantalla, la sucesión infinita de videos y mensajes, y la búsqueda constante de novedades generan pequeñas descargas de dopamina que acostumbran al cerebro a consumir información rápida y fragmentada. El resultado es una disminución de la atención profunda y una creciente dificultad para sostener análisis complejos.

En este nuevo entorno, la ciudadanía ya no dedica horas a leer programas de gobierno o comparar propuestas técnicas, prefiere consumir contenidos breves que apelan a la emoción inmediata. La política también se adapta a esa lógica.

En este sentido, las campañas electorales ya no premian necesariamente al candidato con el mejor plan de gobierno, con frecuencia triunfan quienes dominan la atención pública. El político disruptivo, el que rompe protocolos, genera polémicas o construye una narrativa emocional tiene mayores posibilidades de instalarse en la conversación digital que aquel que presenta argumentos técnicos o propuestas detalladas.

Este contexto, no significa que la sociedad se haya vuelto menos inteligente, significa que el ecosistema informativo premia otras habilidades. La atención se ha convertido en el recurso más escaso de la democracia.

Aquí aparece una segunda transformación aún más profunda, el régimen de poder, el filósofo Byung-Chul Han sostiene que hemos ingresado en un nuevo régimen político: la infocracia.

Décadas atrás, Michel Foucault describía un régimen disciplinario donde el poder controlaba los cuerpos mediante instituciones visibles como escuelas, cuarteles o cárceles. La infocracia funciona de otra manera, el poder ya no necesita imponer obediencia mediante la fuerza, el poder no se obtiene poseyendo medios de producción; basta con orientar la información que cada individuo recibe, a través de su acceso a su información y procesamiento de datos.

Los algoritmos seleccionan qué noticias aparecen primero, qué contenidos permanecen ocultos, qué mensajes despiertan nuestras emociones y cuáles desaparecen de nuestro horizonte, creemos que elegimos libremente, pero gran parte de nuestras preferencias ha sido previamente organizada por sistemas que registran cada clic, cada búsqueda y cada interacción.

La democracia digital prometía horizontalizar la información y acercar gobernantes y ciudadanos. En muchos aspectos lo consiguió, sin embargo, también permitió la creación de burbujas informativas donde cada usuario escucha únicamente aquello que confirma sus propias creencias, la verdad pierde espacio frente a la emoción; la evidencia cede ante la viralización.

El elector boliviano del siglo XXI participa precisamente en ese escenario, vota en democracia, pero decide en un ecosistema dominado por algoritmos. Tiene acceso a más información que cualquier generación anterior, aunque dispone de menos tiempo para procesarla críticamente, se siente libre porque puede deslizar el dedo sobre una pantalla, cuando en realidad compite contra plataformas diseñadas para mantener cautiva su atención.

Por ello, la defensa de la democracia ya no depende únicamente de garantizar elecciones libres, también exige formar ciudadanos capaces de comprender el funcionamiento del mundo digital. La alfabetización cívica del siglo XXI debe incluir alfabetización informacional: aprender a verificar fuentes, distinguir hechos de opiniones, identificar la manipulación emocional y recuperar el valor de la reflexión pausada.

Bolivia no fortalecerá su democracia volviendo al pasado, ni confiando exclusivamente en nuevas tecnologías, lo hará cuando recupere ciudadanos capaces de analizar trayectorias antes que promesas, de exigir cómo se financiarán las propuestas antes de celebrar los discursos y de evaluar equipos de gobierno antes que liderazgos carismáticos.

La democracia no desaparecerá por falta de elecciones, puede debilitarse porque los ciudadanos dejen de ejercer plenamente su capacidad de deliberar, la mayor amenaza ya no es solamente la polarización, la corrupción o la crisis económica. Es un ciudadano que cree decidir libremente mientras un algoritmo ya decidió qué debía sentir antes de votar.

Recuperar la democracia comienza con un gesto aparentemente sencillo: detener el scroll, levantar la mirada y volver a pensar. Porque una sociedad que deja de reflexionar termina entregando a otros el poder de decidir por ella.

“La democracia necesita ciudadanos que no solo sepan votar, sino que sepan detenerse, pensar y decidir antes de deslizar el dedo.”

Puntos criticos:

  • La democracia enfrenta hoy una amenaza diferente: no necesariamente la ausencia de información, sino el exceso de información sin capacidad suficiente para procesarla críticamente. En un ecosistema donde la emoción y la viralización tienen ventaja sobre la evidencia, el ciudadano puede terminar tomando decisiones políticas sobre percepciones construidas artificialmente.
  • Las redes sociales también han transformado la competencia electoral. La política premia cada vez más la capacidad de captar atención que la capacidad de explicar propuestas, mientras los algoritmos crean espacios donde los ciudadanos reciben principalmente contenidos que confirman sus propias creencias. Esto profundiza la polarización y dificulta la construcción de consensos.
  • El desafío democrático del siglo XXI será, por tanto, formar ciudadanos capaces de detenerse, verificar y deliberar antes de reaccionar. La alfabetización digital no debe limitarse a saber utilizar tecnología: debe enseñar a comprender cómo funciona la información, quién la produce, qué intereses existen detrás de ella y cómo los algoritmos pueden influir en nuestras decisiones.

Consultor Politico

estratega@urifelipez.com

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