ANALISIS

LOS VICEPRESIDENTES EN LA MIRA

Por: Uri Felipez Mancilla.

Ver publicación en Péndulo Político de Correo del Sur https://correodelsur.com/pendulo-politico/20251012/vicepresidentes-en-la-mira.html

Aproximadamente 842 palabras. El tiempo de lectura estimado es de 4 minutos.

  • El protagonismo de los vicepresidentes: Se analiza cómo los candidatos a la vicepresidencia, han dejado de ser figuras secundarias para convertirse en blancos estratégicos de ataques mediáticos en el balotaje.
  • La lógica del balotaje y el «voto contra»: El texto explica el cambio de una campaña propositiva de primera vuelta a una dinámica de polarización extrema en la segunda vuelta, donde el rechazo al rival moviliza al electorado más que la simpatía por el candidato propio.
  • Campaña de contraste vs. guerra sucia: Se establece una distinción ética crucial entre la campaña negativa basada en hechos verificables y la guerra sucia que recurre a la difamación, advirtiendo sobre el riesgo que esta última supone para la democracia boliviana.

Este artículo examina el inédito escenario electoral de la segunda vuelta en Bolivia, marcado por el protagonismo de los candidatos vicepresidenciales como objetivos de desgaste político. A través del análisis del concepto de «voto contra» y la polarización extrema, el autor diferencia la legítima campaña de contraste de la degradante «guerra sucia», planteando un desafío fundamental para el futuro de la cultura democrática en el país

En la recta final hacia la segunda vuelta electoral en Bolivia, un elemento poco habitual ha capturado la atención pública: el protagonismo de los candidatos a la vicepresidencia. Lejos de ocupar un rol secundario, como ocurrió en elecciones pasadas, los vicepresidentes se han convertido en objetivos prioritarios de campañas de desgaste y ataques mediáticos.

El caso de Edman Lara, compañero de fórmula de Rodrigo Paz, ilustra esta dinámica. La campaña de Jorge “Tuto” Quiroga explotó frases polémicas y declaraciones desafortunadas de Lara —desde insultos, hablar del cáncer, de fraude, no firmar acuerdos, contradicciones sobre la fiscalización de su propio candidato— con el objetivo de desacreditarlo. Los episodios se amplificaron en medios y redes sociales, reforzando la percepción de que se trataba de un político inestable e incapaz de coordinar con su propio presidente.

Al mismo tiempo, Juan Pablo Velasco, candidato a vicepresidente en la fórmula de Quiroga, enfrentó cuestionamientos tras la difusión de un antiguo tuit racista, rescatado por un streamer argentino. Este hecho golpeó uno de los principales desafíos de su campaña: conectar con los sectores populares, especialmente en el occidente del país, donde los acercamientos de su fórmula ya eran percibidos como artificiales y forzados.

Para comprender este escenario conviene recordar la diferencia entre una campaña de primera y de segunda vuelta. En la primera, con múltiples candidatos en competencia, la estrategia se concentra en fortalecer la base propia: proyectar virtudes, consolidar identidades políticas y fidelizar votantes. La narrativa es positiva y busca diferenciar al candidato como la opción más idónea para gobernar.

El panorama cambió abruptamente tras los resultados del 18 de agosto. Contra lo que anticipaban las encuestas, Rodrigo Paz —ubicado en cuarto o quinto lugar en mediciones previas— fue primero el día de la elección y Tuto Quiroga se metió al balotaje desplazando a Samuel Doria Medina, quien aparecía como favorito. Este desenlace inesperado abrió un terreno inédito para los bolivianos: una segunda vuelta presidencial.

La campaña en balotaje responde a una lógica distinta. El enfrentamiento entre dos opciones reinicia la contienda desde cero, pero bajo una dinámica de polarización extrema. El mensaje dominante ya no es “vote por mí”, sino “vote contra mi rival” como señala Ricardo Paz Ballivián. Las redes sociales y los medios se inundan de ataques cruzados, información parcial y, en muchos casos, desinformación, causando en la población hastió e indignación.

En este contexto emerge lo que los estrategas llaman el “voto contra”. Más que simpatía por un candidato, lo que moviliza es el rechazo hacia el adversario. Se trata de campañas que apelan a emociones fuertes —indignación, miedo, bronca— para captar indecisos y sumar apoyos de quienes respaldaron a otros partidos en la primera vuelta.

Aquí se vuelve crucial distinguir entre dos prácticas diferentes: la campaña negativa o de contraste frente a la campaña sucia o guerra sucia. La primera se basa en hechos verificables: antecedentes políticos, propuestas poco realistas o declaraciones públicas que exponen debilidades reales, por ejemplo, cuando un candidato y como ex autoridad realizo desfalco o sobre precio siendo verídico y eso se lo expone en la campaña es guerra negativa. La segunda, en cambio, recurre a rumores falsos, difamación y ataques a la vida privada sin relevancia pública, por ejemplo, cuando inventan de un candidato que tiene hijos fuera del matrimonio o tiene una orientación sexual diferente, sin comprobarlo es campaña sucia. Mientras la campaña de contraste se inscribe en el juego democrático, la guerra sucia degrada la calidad del debate público.

En definitiva, la diferencia es clara: la campaña negativa informa y contrasta; la guerra sucia manipula y envenena. Bolivia, en su primera experiencia de balotaje, enfrenta la tensión entre ambos caminos. El desenlace no solo definirá quién gobernará, sino también qué tipo de política marcará el rumbo de su democracia en los próximos años.

Consultor Politico

estratega@urifelipez.com

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